¿Cuantos De Tus Pecados Son Perdonados?-Parte 2

La Eucaristía

La Eucaristía, la Misa, es quizá la pieza central en el sistema sacramental del catolicismo. En el Nuevo Catecismo Universal, Roma afirma lo siguiente:

“La comunión con la Carne de Cristo resucitado, “vivificada por el Espíritu Santo y vivificante” (PO 5), conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. (1392)

“Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio (S. Ambrosio, sacr. 4, 28)”. (párrafo 1391, pág. 322)

Pero en ningún lugar en las Sagradas Escrituras se nos llama a tener “comunión con la carne de Cristo”. No tenemos comunión con un objeto sacramental. Esto sería como si dijéramos, “hay que tener comunión con la Biblia” o “con la copa”. Este tipo de lenguaje revela precisamente dónde está el enfoque en el romanismo: no en la persona de Dios nuestro Salvador, sino en un sistema sacramental y los objetos sacramentales, casi como si tuviesen un valor místico o mágico. Si tiene los sacramentos, el católico puede sentirse bien, aunque no tenga a Dios, ¡porque piensa que Dios está en los sacramentos!

La iglesia alega que participación en la eucaristía “conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el bautismo”. En primer lugar, como ya vimos en el artículo anterior, no recibimos ni vida ni gracia a través del bautismo. La gracia de Dios viene por medio de una Persona, el Señor Jesucristo, no por medio de sacramentos. Y aunque sea una repetición, diré de nuevo que muchísimos católicos profesantes piensan que están bien porque participan de sacramentos, aunque cuando hablamos con ellos, demuestran en seguida que no conocen a Dios personalmente. Es uno de los efectos secundarios tristes y graves que produce el sacramentalismo. En segundo lugar, el mismo Señor Jesucristo quien nos da vida y gracia, es quien nos conserva. La vida que el creyente recibe de Cristo no es algo que se caduque ni que pueda perderse. Hagamos caso de las palabras inspiradas del apóstol Pedro:

“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina…” (2 Pedro 1:3-4).

Observemos: “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas”. Es una afirmación contundente, hecha bajo la inspiración del Espíritu Santo, y como tal es “nihil obstat”. No es un documento de la Iglesia, sino la misma Palabra de Dios. Si todas las cosas que pertenecen a la vida y la piedad nos han sido dadas, no hay nada que buscar en unos sacramentos. ¿Cómo nos han sido dadas estas cosas? “Por su divino poder”. No menciona la iglesia. ¿Por qué medio? “Mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia”. Otra vez no menciona la iglesia, y en ningún lugar aparecen la eucaristía, ni como origen ni como medio de conservación. ¿Acaso no sabía Pedro, o no sabía el Espíritu Santo que le inspiró? ¿Aceptamos el magisterio del Espíritu Santo, o el profesado magisterio de la Iglesia Católica? Claramente, no hay acuerdo entre los dos, y hay que escoger.

La sangre del Señor fue derramada una sola vez. El libro de Hebreos hace hincapié en esto, sobre todo en los capítulos 9-10. Entonces, cuando Roma dice “cada vez que su sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados”, con esto demuestra que ella no conoce el perdón de pecados que Dios otorga en base a la obra hecha “una sola vez para siempre”. En el catolicismo romano el perdón de pecados no es tan fácil como en el evangelio. Hay que estar siempre procurando obtener el perdón, claro, por medio de los sacramentos. Esto ata a una persona a los mismos sacramentos y la iglesia que los tiene, y no conduce ni a perdón ni a un conocimiento personal de Dios. ¡Cuán distinto es el perdón y la comunión viva que el creyente tiene desde el momento que se arrepiente de sus pecados y cree el evangelio!

El Señor Jesucristo ha hecho una promesa a todos los que en Él creen, que Él les da vida eterna, “y no perecerán jamás” (S. Juan 10:27-29). ¿Acaso se equivocó el Señor al prometer esto? No se equivocó. Los verdaderos creyentes no podrían estar más seguros de lo que están. Jesucristo les guarda. El Padre les guarda. Nadie les puede quitar de la mano de Cristo ni de la mano del Padre. En Efesios 1:13 aprendemos que, habiendo creído el evangelio, somos sellados por el Espíritu Santo, cuyo sello nos identifica, nos guarda y garantiza nuestra llegada al cielo: “la redención de la posesión adquirida”. Entonces, el verdadero creyente tiene vida eterna, y tiene triple seguridad: está en la mano del Señor Jesús, en la mano del Padre, y sellado por dentro con el sello del Espíritu Santo.

Los sacramentos tienen su atractivo para los que los practican, sobre todo, la Eucaristía. Es una ceremonia visible y tangible, y que apela a los cinco sentidos. Pero el justo vivirá por fe. No hay que ver, tocar, oler, gustar u oír para estar seguro de lo que Dios promete, y el evangelio es una oferta y promesa de Dios para “todo el que cree”. Ningún sacramento puede ofrecerle más vida, gracia, comunión o seguridad que la que ya tiene porque tiene una relación personal y viva con el Dios viviente. Los que tienen fe en Dios y en Su Palabra, no necesitan un sacramento.

 

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