¿Cuantos De Tus Pecados Son Perdonados?-Parte 3

Las Buenas Obras

¿Cuántas buenas obras o limosnas hay que hacer para pagar o quitar un pecado? ¿Cuántas misas hay que decir para sacar a un alma del “purgatorio”? Si ando descalzo en una procesión, si llevo escapulario, si voy de rodillas a la Virgen de Fátima, o si contribuyo con una cantidad de dinero o bienes a la Iglesia, ¿cómo me ayuda esto? ¿Cómo se calcula el valor de las buenas obras, las limosnas y la participación en los sacramentos? ¿Se puede sacar un extracto de cuenta como en el banco, con el deber y el haber, para saber cómo están las cuentas? El sacerdote dirá no, por supuesto, que esto es un misterio, y que sólo Dios sabe estas cosas. Diría que no debemos preocuparnos por tales cuestiones, sino simplemente ser fieles en confesarnos, rezar, ir a misa, hacer cuanto bien podamos, y que Dios tendrá misericordia de nosotros. ¿Es esto lo que enseña la Palabra de Dios? No, porque lo de las obras y limosnas no es un misterio, sino un absurdo. Las obras no pueden pagar por los pecados. A continuación consideraremos la posición de la Iglesia Católica, y la de Dios, y tendrás que decidir a quién crees.

Alguien me preguntó por qué siempre nos metemos con los que quieren hacer buenas obras. ¿Acaso serán malas las buenas obras? ¿No es una manía ridícula hablar en contra de ellas? Estas son buenas preguntas que merecen una respuesta clara.

En primer lugar, las buenas obras son mejores que las malas, por supuesto, humanamente hablando. Pero nuestro punto de comparación no debe ser horizontal sino vertical. No debemos compararnos con otros seres humanos para saber si somos buenos o malos, sino con Dios. Y ahí está el roce, porque comparados con Dios, no hay comparación, sino que todo son contrastes. Jesucristo dijo: “Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios” (S. Marcos 10:18). ¡Ojalá creyésemos Sus palabras, que son nihil obstat, antes que las palabras de los hombres de Roma! Creer al Señor los conduciría a la conclusión de que si no somos buenos, tampoco son buenas nuestras obras. Y nos quedamos sin estas “monedas” en el bolsillo con las que esperamos convencer a Dios para que nos permita entrar en el cielo.

Lo he expresado así porque todos sabemos que en el Catolicismo Romano, así como en todas las demás religiones inventadas por los hombres, las buenas obras no se hacen no porque, sino para que. No porque somos buenos, sino para que seamos buenos, y son muy distintas las dos cosas. Se hacen pensando que si hacemos bien y no miramos a quién, así adquiriremos más gracia santificadora, esto es, favor o mérito con Dios. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

“Dios, en efecto…tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras” (DV 3)”. (pág. 25, párrafo 55).

Pero la salvación no es en base a la perseverancia en las buenas obras. Dios declara que no es por obras sino por fe. No obras más fe, ni fe más obras, sino fe “sin obras”. Si el apóstol Pablo fue inspirado por Dios y lo que escribió en Romanos 4:1-8 es correcto, no me equivoco, porque al escribir “sin obras” no he hecho otra cosa que citar al apóstol en las Sagradas Escrituras:

“Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras” (vv. 5-6, énfasis añadido).

Pero más adelante en el mismo Catecismo, la Iglesia saca el tema de buenas obras otra vez, y cuando explica su posición, deja ver claramente lo que ella piensa:

“Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas: “Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece” (Flp.2,14; cf. 1 Co. 12,6). (pág. 77, párrafo 308, énfasis añadido).

El error está sencillamente en tomar la palabra “vosotros” y aplicarla a toda la humanidad en lugar de a los nacidos de nuevo. Las obras de los seres humanos como criaturas de Dios son malas. No hay nadie que haga bien. Así dice Dios: “No hay quien haga lo bueno; no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:12). Esto es hablar claro. Dios de­scribe a la raza humana como criaturas de Dios que no son capaces de hacer el bien. Pero Roma dice a los hombres que si quieren hacer bien, pueden, y procede a proponerles las cosas meritorias que deben hacer, entre ellas, los sacramentos, y todo para conseguir mérito, perdón y gracia de Dios. Pero Dios declara que el ser humano no es capaz de hacer el bien. Es malo por naturaleza, y lo primero que necesita es una conversión, no unas obras. Efesios 2 nos describe como “muertos en vuestros delitos y pecados” (v. 1), y como quienes andan haciendo el mal y que son hijos de desobediencia (vv. 2-3). Tales muertos ambulantes no pueden hacer buenas obras, pues son esclavos del diablo. El pasaje no habla de niños antes de bautizarse, sino de niños y adultos, hombres y mujeres, educados o ignorantes, en fin, toda la humanidad. Es la condición natural de cada ser humano. A tales personas las buenas obras no van a mejorar su relación con Dios.

Entonces, ¿de quién hablar Filipenses 2:14 que Roma cita? Filipenses es una epístola escrita a una congregación de hermanos creyentes en el Señor Jesucristo: “a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos” (1:1). Entonces, cuando dice “Dios es quien obra en vosotros”, se refiere a los creyentes, no a la humanidad en general. La humanidad por naturaleza no puede hacer el bien, y Dios no obra en ellos, sino en los que han nacido de nuevo. Efesios 2:2-3 describe quién obra en los seres humanos antes de la conversión:

“En los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo,conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (énfasis añadido).

Este texto describe la vida de las criaturas de Dios antes de su conversión. Dios no obra en ellas, sino que obran el mundo, Satanás y la propia carne o naturaleza pecaminosa de cada cual. “Éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” es la frase que encierra a la raza humana en su condición natural. Puedes ser más religioso, menos religioso, agnóstico o ateo, pero no importa. Seas guapo o feo, inteligente o ignorante, rico o pobre, respetado o despreciado en tu sociedad, tu condición natural es la misma: “hijos de ira, lo mismo que los demás”. Y de ahí, ¿quién y qué te sacará? Querido amigo, unas cuantas buenas obras no pueden mejorar esta condición. No hay salvación en las obras, ¡pues son “obras muertas”! No necesitas hacer cosas para salvarte. Necesitas a un Salvador quien te rescate. Necesitas a un Dios quien puede darte perdón y una nueva naturaleza. Pero no conseguirás esto mediante buenas obras ni practicando tu religión. Es imposible.

Es una cuestión judicial. Un hombre condenado por un crimen no puede evitar la condena justa ofreciéndose para hacer una buena obra como limpiar las calles de la ciudad, por ejemplo. Una buena obra así no paga el mal que ha sido hecho. Según la Ley de Dios todo el mundo queda bajo el juicio de Dios, y “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado” (Romanos 3:19-20).

Es por esto que las buenas obras intentadas por los que no han nacido de nuevo, no se han convertido, son llamadas “obras muertas” (Hebreos 9:14). Son muertas porque son de personas muertas espiritualmente en sus delitos y pecados (Efesios 2:1). Las “buenas obras” no mejoran a una persona que no cree a Dios. Ciertamente le mejorarán ante otros seres humanos. Los hombres aplauden a los filántropos y caritativos, pero sus obras no pagarán ni un solo pecado. Aunque hayas ido a misa toda la vida, confesándote fielmente cada semana, procurando hacer el bien según te enseñaron, nada de esto cambia tu situación delante de Dios.

Con esto de la religión y las obras, tú quieres tener una relación de mercado con Dios. Le pagas algo con las obras tuyas, no llegarás al precio indicado, pero Él te hará un descuento porque es bueno. Pero Dios dice que la salvación no es por obras. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-10).

Esto es lo que Dios dice. ¿Estás de acuerdo con Él o no? ¿Crees a Dios o no? Tu relación con él y tu eternidad dependen de tu respuesta. Nadie se salvará por buenas obras. Nadie se salvará practicando una religión que incluye las obras, las limosnas y la participación en los sacramentos como parte del camino de la salvación. Sólo Jesucristo salva. Nada más, y nadie más. No puedes contribuir a tu salvación, porque cuando el Señor murió en la cruz pagando por tus pecados, exclamó: “¡consumado es!” ¿Lo sabías? ¿Te percataste de que esto excluye tus obras? Debes abandonar tus obras, y cualquier religión que te diga que por ellas mejorarás tu situación ante Dios. Reconoce que Efesios 2:1-3 habla de ti; te describe. Cree que el Señor Jesucristo vino para salvarte, porque era imposible que tú hicieras nada para salvarte, y entrégate al Señor para el perdón de todos tus pecados. Él te dará vida eterna, como don gratuito que no puede ser pagado por obras. Te invito a acercarte a Dios del modo expresado por este himno:

“Nada en mis manos traigo,
Sólo en Ti, Señor, confío”.

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