El Cambio Del Sacerdocio

Carlos Tomás Knott

El Catolicismo Romano no podría existir sin un sacerdocio especial. Son necesarios los sacerdotes romanos para la celebración de los sacramentos que la Iglesia ha establecido. Por ejemplo, para celebrar la Eucaristía, puesto que la Misa, para que sea el sacrificio incruento de Cristo que Roma insiste que es, necesita que el sacerdote realice el milagro de cambiar el pan en cuerpo verdadero de Cristo y el vino en Su verdadera sangre. Los sacerdotes también administran el sacramento de la confesión, al escuchar las confesiones de los feligreses y absolverles sus pecados. Basta estos ejemplos para demostrar cuán necesario el sacerdote es al sistema que Roma estableció. Aquí no hablamos del sacerdocio general de todos los creyentes, sino más bien del oficio y la vocación especial de los que toman las órdenes santas y administran los sacramentos.

Los capítulos 5 y 7 de Hebreos tienen mucho que decir acerca del tema del sacerdocio, no el sacerdocio general de todos los creyentes, sino el sacerdocio especial, como mediador entre Dios y los hombres, con respecto al perdón de los pecados. El escritor de la epístola, bajo inspiración, tiene la tarea de guiar a sus lectores a dejar atrás un sacerdocio humano que Dios ya no aceptaba, y abrazar con todas sus benditas implicaciones el sacerdocio que Dios había establecido en lugar de aquel primero. La mente hebrea no había conocido otro sacerdocio que el de la casa de Aarón, a raíz del cual fue establecido claramente por Dios en Éxodo, Levítico y luego también en Números en la ocasión de la rebelión de Coré, quien quería para sí el sacerdocio, pero que fue rechazado y castigado por Dios con una muerte horrenda. Dado este fundamento histórico y bíblico del sacerdocio de Aarón, era considerable la tarea de convencer a los judíos a abandonar ese sacerdocio a favor de algo nuevo.

Observemos en nuestra lectura de Hebreos 5 y 7 que Dios no estableció otro sacerdocio humano para tomar el lugar de Aarón, sino que puso en su lugar a Cristo: “Sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (5:6). Al reflexionar sobre el significado de este sacerdocio nuevo, perfectamente eficaz, inalterable y eterno, uno se da cuenta de que el sacerdocio establecido por Roma es algo falsificado y sin apoyo bíblico. Si miramos la historia de los sacerdotes de la tribu de Leví y la casa de Aarón, vemos claramente dictado por Dios en la Sagrada Escritura que ellos y sólo ellos debían ocupar este oficio, y cuáles eran los deberes de su ministerio. Si en el Nuevo Testamento Dios estableciera a una nueva clase de hombres para oficiar y mediar, ¿no estaría igualmente clara la exposición bíblica acerca de quiénes podrían serlo y qué responsabilidades tendrían? ¿Por qué semejante laguna en el Nuevo Testamento respecto a los profesados “sacerdotes” católico romanos? ¿Por qué tiene la Iglesia Católica que ir fuera de la Biblia en busca de instrucciones acerca de ellos? ¿No será porque Dios no lo mandó, sino que Roma se lo inventó, y también tiene que inventar todo lo demás respecto a su ordenación y ministerio?

Hebreos 5:1-4 relata acerca de los requisitos y los propósitos de los sumo sacerdotes humanos. En primer lugar, todo sumo sacerdote era: “tomado de entre los hombres”, esto es divinamente tomado y designado. El versículo 4 afirma: “Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón”. De entrada vemos que el sacerdocio no es una vocación, no puede uno elegir ser sacerdote como oficio o carrera, proseguir sus estudios, 2 aprobar sus exámenes, tomar sus votos, ser ordenado y comenzar a oficiar y gozar de los privilegios de sacerdote. Este modelo es del mundo, pero no de Dios.

Segundo, en Hebreos 5:1 vemos que el sumo sacerdote es constituido: “a favor de los hombres, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados”. Esto es lo que los sacerdotes católico romanos pretenden hacer. Y verdad es que los seres humanos necesitamos a alguien que nos represente delante de Dios como mediador. Pero ese “alguien” no es el Papa, ni el resto de la curia romana, ni los santos, ni los ángeles, ni María. Cuando Dios quitó el sacerdocio de la casa de Aarón y la tribu de Leví, no lo reemplazó con otro sacerdocio humano, igualmente débil e ineficaz (He. 7:18). Puso en lugar de aquellos sacerdotes a uno que es perfecto, y cuyo oficio no termina nunca. “Juró el Señor, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec”. En el orden de Melquisedec sólo hay uno ahora, y es el Señor Jesucristo mismo, quien vive: “según el poder de una vida indestructible” (He. 7:16). El Señor Jesús cumple los dos requisitos básicos, de (1) comunión con los hombres y (2) autoridad de Dios. Cuando se encarnó, se identificó con nosotros: “estando en condición de hombre” (Fil. 2:8). Y el Espíritu Santo cita en Hebreos 5:5-6 dos textos del Antiguo Testamento que demuestran que Jesucristo tenía (y tiene) autoridad de Dios: Salmo 2:7 y Salmo 110:4. En Su estilo magistral, porque es el Espíritu Santo y no la Iglesia Católica quien tiene el Magisterio, el Espíritu se sirve del Antiguo Testamento, la única Sagrada Escritura reconocida por los judíos, para enseñar que Jesucristo tiene esta autoridad. “Tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: “Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (He. 5:5-6). El versículo 10 lo afirma otra vez: “y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec”. ¿Más claro? ¡Agua!

¡Cuánto nos gustaría, y cuánto le gustaría al Señor Jesucristo, que nuestros amigos católico romanos se dieran cuenta del gran engaño y la usurpación que su sistema religioso ha hecho. ¿Dónde ha declarado Dios tan clara e inconfundiblemente que el Papa es el sumo sacerdote, el “sumo pontífice”, el “vicario”, que sirve de puente y portavoz entre Dios y los hombres? En ningún lugar en la Biblia. Fuera de ella Roma puede citar las fuentes que quiera, pero dentro de la Biblia es donde Dios habla y expone para nosotros Su Santa voluntad. El sacerdocio levítico y de Aarón fue “abrogado” (He. 7:12), pero no para hacer lugar a otra clase especial de sacerdotes humanos oficiando en la cuestión del perdón de los pecados. “Porque la ley constituye sumos sacerdotes a débiles hombres; pero la palabra del juramento, posterior a la ley, al Hijo, hecho perfecto para siempre” (He. 7:28).

¡Sería una redundancia ridícula si ahora, con semejante mediador y sumo sacerdote como tenemos en el Señor Jesús, nos pusiéramos a ordenar de nuevo a unos hombres, meros seres humanos, con su debilidad mortal (He. 7:23)! ¿Un mediador entre el Mediador y los hombres? ¡Qué razonamiento más torcido! “Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5). Amigo lector, ¿es Jesucristo suficiente para ti? Si no lo es, entonces realmente no has llegado a comprender y creer en el Jesucristo del evangelio, ni tienes vida eterna. Pero cuando uno viene a Cristo, recibe perdón completo y obtiene en Él un perfecto y eterno mediador, ¿qué le pueden ofrecer unos débiles sacerdotes que sólo han sido constituidos por Roma? Absolutamente nada.

Dios declara qué clase de sacerdote nos conviene ahora, en lugar de Aarón y los de su casa: “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos, que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo”. ¡Como sacerdote nadie menos que Jesucristo nos conviene! ¡Y por declaración divina (no romana), es así, gracias a Dios! “Tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario” (He. 8:1-2) y es el Señor Jesús. ¡

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