El Ecumenismo Es Un Atraso Espiritual

Carlos Tomas Knott

Dios quiere que vayamos adelante a la perfección, que creamos y afirmemos la verdad del evangelio del Señor Jesucristo. En cambio, el movimiento ecuménico, bajo dirección de Roma, pretende borrar las distinciones y llevarnos espiritualmente atrás. En la epístola a los Hebreos, la Palabra de Dios nos exhorta así:
          “Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno” (Hebreos 6:1-3).
        Consideremos el significado de estos versículos, porque ellos nos enseñan que los rudimentos no son el fundamento, y no son base para estar de acuerdo, ni nos conducen a la perfección. Se habla mucho hoy en día de que enfaticemos las cosas que nos unen, pero estas cosas no contienen el evangelio de nuestra salvación.


1. “Dejando
 ya los rudimentos de la doctrina de Cristo” (“del Mesías”)

Hay cosas que tenemos que dejar si queremos ir adelante. Si nos quedamos en ellas, no llegaremos a la perfección. ¿Qué cosas son, cómo hay que dejarlas y por qué dejarlas? Precisamente son la clase de cosa que el ecumenismo nos está diciendo que forman una base para que estemos de acuerdo y para que colaboremos. Dios dice que las dejemos y que vayamos adelante, pero el ecumenismo nos dice que hay que dejar lo que está adelante, la perfección, y volver a estas cosas. Sería ir en sentido contrario, o dar marcha atrás espiritualmente a nuestras vidas. No debemos dejar estas cosas con desprecio, como si no tuviesen valor, porque son los rudimentos, pero, cuidado, no son más. “La doctrina de Cristo” quiere decir lo que en Antiguo Testamento enseña acerca del Mesías. Pero los judíos no creyentes en Jesucristo, aunque crean que habrá un Mesías, no son salvos, porque rechazan al Mesías. La doctrina del Mesías no les salva ni les une a la casa de Dios. “Si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis” (S. Juan 8:24). Esto es una separación eterna que el espíritu ecuménico no puede eliminar.

2. “Vamos adelante a la perfección

Según Hebreos 7:18-18 y 10:14, el primer pacto no podía perfeccionar. Los sacrificios ofrecidos continuamente no podían quitar el pecado, ni hacer perfectos a los que los ofrecían. Solamente eran figuras (9:23) y sombras (10:1), “impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas” (9:10). Los que profesaban creer en el Señor Jesucristo oían voces diciéndoles que había que volver al templo, al sacerdocio y a los sacrificios levíticos. Algunos quizá pensaban que sería posible ser cristiano y judío a la vez, creer en Jesucristo como Mesías pero practicar el ritual del judaísmo. Pero Dios les advierte que no hay que volver atrás, sino ir adelante.

3. “No echando otra vez el fundamento” de:

Se trata de cosas fundamentales, básicas, los rudimentos, acerca de las cuales tanto los judíos como los cristianos podían estar de acuerdo. Pero como veremos ahora, estas cosas no son suficientes para salvar, para perfeccionar a nadie. No son cosas que definen ni que contienen la esencia de la fe una vez dada a los santos. Para hallar la perfección, la santificación, el perdón de los pecados, hay que ir más adelante, al evangelio, porque: “en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe” (Ro. 1:17). Dios advierte que los distintivos del cristianismo son hallados adelante, no atrás. Así que el llamado “trasfondo judeo-cristiano” no es la base definitiva de la fe, ni para la comunión, pues no incluye el Evangelio de Dios. El “trasfondo judeo-cristiano” no nos une en la fe una vez dada a los santos (Judas 3), y es en ella que tenemos que estar firmes y por ella que hemos de contender ardientemente. Hoy en día debemos recordar esto, porque la Iglesia Católica con su voz de sirena hace el llamado ecuménico, enfatizando “lo que nos une”. Pero lo que el ecumenismo afirma que nos une no es suficiente.

(1) El Arrepentimiento de Obras Muertas (v. 1)

Los profetas de Dios predicaron y exhortaron al arrepentimiento. Juan el Bautista también llamó a Israel a arrepentirse. Lo mismo hicieron los apóstoles desde el día de Pentecostés (Hechos 2) en adelante. La doctrina del arrepentimiento no es nueva, ni es suficiente para salvar a nadie. El evangelio incluye el arrepentimiento, pero nos llama a la fe en el Señor Jesucristo.

(2) La Fe en Dios (v. 1)

Esto significa creer que Dios existe, ser monoteísta, no ateo, ni panteísta. Es bueno y es correcto, pero no es suficiente para salvar a nadie y no define lo que es un cristiano. Recordemos que aun los demonios creen en Dios (Santiago 2:19). Los mormones creen en Dios, también creen así los “testigos de Jehová” y los musulmanes. Pero esto no les salva, como tampoco salva a los demonios. El Señor Jesucristo dijo: “Creéis en Dios, creed también en mí” (Juan 14:1), y este es el punto de conflicto, que no aceptan al Señor Jesucristo, y Él ha dicho: “si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis” (S. Juan 8:24). Las tales personas no son de la familia de Dios, y no tenemos base de unión con ellas. Lo que nos separa es infinito.

(3) La Doctrina de Bautismos (v. 2)

La palabra “bautismos” no significa el bautismo de creyentes, sino más bien se debería traducir “lavamientos” o “abluciones”, porque tiene que ver con la ley de Moisés y los rituales levíticos de purificación ceremonial (Éxodo 30:17-21, ver Hebreos 9:10; Marcos 7:4, 8). La purificación ceremonial era parte del judaísmo, pero no perdonaba el pecado. Podemos afirmar que hoy en día el hecho de ponerse de acuerdo en cuando a rituales u ordenanzas no equivale a tener la misma fe ni pertenecer a la casa de Dios.

(4) La Imposición de Manos (v. 2)

Otra vez se refiere al sistema levítico, algo que formaba parte del rito sacrificial. Por ejemplo, en Levítico 16:21, vemos cómo en el día de expiación, el Sumo Sacerdote puso las manos sobre el sacrificio. Era un gesto de identificarse con el sacrificio que iba a morir en su lugar. Al hablar así, implica que las ofrendas levíticas, los sacrificios de animales, era algo en que los judíos que habían creído el evangelio tenían en común con el resto de su nación. Pero el sistema sacrificial, aunque fue ordenado por Dios, no perdonó ningún pecado, y no era la base de fe y comunión. Además, en Hebreos 10:18 la Palabra de Dios anuncia: “no hay más ofrenda por el pecado”, y en el 10:26, “ya no queda más sacrificio por los pecados”. ¿Por qué? Porque estos sacrificios “nunca pueden quitar los pecados (10:11), y por esta razón Dios abrogó el primer pacto y procedió a la abolición de estos sacrificios.

“Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados. Por lo cual, entrando en el mundo, dice:

Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí.

Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último” (Hebreos 10:4-9).

Atentos a estas últimas palabras: “quita lo primero, para establecer esto último”. Los dos sistemas no podían coexistir delante de Dios. Lo primero, el primer pacto con los sacrificios de animales (la imposición de manos) y todo lo demás, ha sido quitado. No para poner otro pacto parecido con otro ritual parecido, sino para establecer el pacto nuevo y eterno, en el cual ya no hay más sacrificio por los pecados, porque Dios declara: “y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:17). Ningún sistema que propone y perpetúa ofrendas o sacrificios por el pecado puede llamarse cristiano, y esto es uno de los grandes errores descarados del Catolicismo Romano. Lo que nos separa de la Iglesia de Roma y del movimiento ecuménico, es el evangelio.

(5) La Resurrección de los Muertos (v. 2)

No habla de la resurrección corporal del Señor Jesucristo, sino de la creencia de que vamos a ser resucitados después de la muerte, que la muerte física no termina con el ser humano. Desde tan temprano como los tiempos de Job (Job 19:25-26) los seres humanos han creído en la resurrección. Los profetas la proclamaron en el Antiguo Testamento (Isaías 26:19; Daniel 12:2). Pero creer en la doctrina de la resurrección de los muertos no salva a nadie ni le constituye cristiano. El Señor Jesucristo enseña que hay 2 resurrecciones (S. Juan 5:29), una de vida para los que creen en Él, y otra de condenación para todos los que no creen en Él.

(6) El Juicio Eterno (v. 2)

La doctrina del juicio eterno es importante, pero no es definitiva en el sentido de que no declara el evangelio, sino que más bien diríamos que declara la necesidad que el hombre tiene del evangelio, por que va a ser juzgado y el veredicto de Dios es eterno. El profeta Daniel hablaba del juicio eterno (Dn. 7:9-10)  e Israel creía que Dios iba a juzgar al mundo. Esto también lo creen los “testigos de Jehová” y los musulmanes. Muchas perso- nas temen el juicio eterno, y con razón, pero no saben como resolver el asunto. Sólo el evangelio declara que Jesucristo es: “quien los libra de la ira venidera”. Entonces, para que haya unión, tiene que haber ni más ni menos que acuerdo absoluto en el evangelio.

Pero el ecumenismo es un atraso espiritual, porque en lugar de afirmar el evangelio, lo margina. No proclama las virtudes del Señor Jesucristo como Salvador único, no le ensalza como Mediador único y esperanza única. La Palabra de Dios dice: “compra la verdad y no la vendas”, pero el ecumenismo vende la verdad. Dios dice que vayamos adelante a la perfección, y el ecumenismo busca la unión en el mínimo común denominador, en una serie de creencias hechas a la talla de la Iglesia Católica, por los sastres de Roma, para que pueda entrar ella. ¿Qué importa decir que estamos de acuerdo en el Credo de Nicea u otro credo? ¡Estos credos no definen el evangelio de nuestra salvación! Hoy en día muchos hablan del Espíritu Santo, y hay grandes movimientos que afirman que esto es lo que nos va a unir. Hay predicadores evangélicos que dicen que colaborarán con cualquier iglesia que tenga el Espíritu. ¿Qué quiere decir esto? No es un criterio apostólico, y ni tiene en cuenta el evangelio. ¿Todos creemos en el Espíritu Santo? Aunque fuera verdad, no es base de comunión. Los carismáticos católicos hablan del “Espíritu” al igual que los carismáticos no católicos, y como muchos pentecostales, los mormones dicen que creen en el Espíritu, pero no creen el evangelio. Ya existe la unidad del Espíritu, que no es lo mismo que las uniones humanas. La unidad que existe y que debemos guardar está en la casa de Dios, donde por obra de Dios hay: “un cuerpo, y un Espíritu…una misma esperanza… un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos” (Ef. 4:5). No somos llamados a hacer uniones, sino a guardar la unidad del Espíritu, y haciendo esto nos es necesario también contender ardientemente por la fe (Judas 3-4). Dios no nos llama a “dialogar” acerca de la fe, sino a guardarla y contender por ella. ¡No aceptemos los sucedáneos de los hombres, sus uniones y federaciones, conseguidas a base de vender la verdad!

El apóstol Pablo escribió a los gálatas, advirtiéndoles en contra del espíritu ecuménico y el peligro de juntarse con los judaizantes, admitir y seguir sus doctrinas. El apóstol Juan, en Apocalipsis, sirve de escriba para el Señor Jesús, quien advierte a la iglesia de Pérgamo acerca de los que retienen la doctrina de Balaam con sus sacrificios abominables y su idolatría, y la doctrina de los nicolaítas, los que se enseñorean de los laicos (Apocalipsis 2:14-15). El Señor reprende a la iglesia de Tiatira por su tolerancia de los que sacrifican y rinden culto a imágenes, y a éstos les advierte que se le acaba el plazo de tiempo para arrepentirse (Apocalipsis 2:20-21). Esto mismo hay que decir al movimiento ecuménico, que el Señor de la Iglesia reprende su tolerancia y que se le acaba el plazo para arrepentirse.

El espíritu ecuménico, de tolerancia y respeto mutuo no es el espíritu de la verdad. Es un atraso espiritual, es volver atrás de la verdad, venderla como si no tuviera gran importancia. Hebreos 6:1 dice: “vamos adelante a la perfección”. ¿Dónde está esta perfección? ¡En el evangelio y más específicamente en el Señor Jesucristo! El judaísmo no podía perfeccionar: “nada perfeccionó la ley” (Hebreos 7:19, compara el v. 11). Nos invitan al atraso, a reducir la fe una vez dada a los santos (Judas 3) a unos credos hechos por hombres, y aceptar como hermanos a los que afirman este acuerdo común sobre rudimentos y conceptos generales. Si hiciéramos esto, seríamos culpables de la misma
clase de pecado que Esaú, que vendió la verdad porque no la apreciaba. En lugar de bajar el listón para admitir a más personas, debemos obedecer la exhortación de la Palabra de Dios:

 Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados; no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura. Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas” (Hebreos 12:15-17).

Esto de la raíz de amargura es tomado de Deuteronomio 29:18. Comenzando con el versículo 16, dice así en su contexto:

                  “Porque vosotros sabéis cómo habitamos en la tierra de Egipto, y cómo hemos pasado por en medio de las naciones por las cuales habéis pasado; y habéis visto sus abominaciones y sus ídolos de madera y piedra, y plata y oro, que tienen consigo. No sea que haya entre vosotros varón o mujer, o familia o tribu, cuyo corazón se aparte hoy de Jehová nuestro Dios, para ir a servir a los dioses de esas naciones; no sea que haya en medio de vosotros raíz que produzca hiel y ajenjo, y suceda que al oír las palabras de esta maldición, él se bendiga en su corazón, diciendo: Tendré paz, aunque ande en la dureza de mi corazón, a fin de que con la embriaguez quite la sed. No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre el tal hombre, y se asentará sobre él toda maldición escrita en este libro, y Jehová borrará su nombre de debajo del cielo” (Deuteronomio 29:16-20).

Es una advertencia contra el error de creer que podemos hacer lo que nos parece y que Dios no nos va a castigar. El movimiento ecuménico, encabezado por Roma que quiere, por supuesto, que todos seamos uno en ella, es una abominación. Quienquiera que sea que se una a las religiones de este mundo, entre ellas el Catolicismo Romano, que acepta las prácticas y creencias de las naciones, sea anatema, no porque lo diga un concilio de Roma sino porque lo dice Dios:“Se asentará sobre el toda maldición escrita en este libro” (v. 20). El ecumenismo, en el ambiente del respeto, la tolerancia y el diálogo, borra las distinciones entre la verdad de Dios y los errores, las mentiras y las vanas filosofías de los hombres. Como decía el profeta Isaías acerca de la Ley, decimos ahora acerca de la Palabra de Dios y en específico acerca del evangelio: “¡A la ley y al testimo- nio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20).

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