En El Cumplimiento de los Tiempos/Parte 10

Por: Dr. Thomas O. Figart; ©1999

UN ESTUDIO SOBRE EL EVANGELIO DE MATEO

No habíamos entrado en el año 2000 cuando muchas personas empezaron a explicar que la razón por la que nada extraordinario había sucedido era porque, en realidad, el milenio daba comienzo el 1 de enero de 2001. Ese es el punto de vista que hemos mantenido desde el inicio de esta serie de artículos.

Sin embargo, también hemos hecho énfasis en que la primera fase del retorno de Cristo será Su aparición en el aire para encontrarse con los Suyos, “y así estaremos siempre con el Señor” (Vea 1 Tesalonicenses 4:13-18). La segunda fase de Su retorno se completará siete años después, cuando termine el “tiempo de angustia para Jacob” (Jeremías 30:7), el cual, el mismo Señor designa como la “gran tribulación” (Mateo 24:21) y luego afirma que entonces retornará a la tierra en poder y gran gloria, y “entonces se sentará en su trono de gloria” (Mateo 25:31).

Es en este momento cuando el Señor establece los principios jurídicos detallados en las Bienaventuranzas, como parte de Su Reino Mesiánico.

Mateo 5:8. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios

Para calificar como “limpio de corazón”, uno tiene que ser como el mismo Señor Jesús, ya que el corazón del hombre es “Engañoso… más que todas las cosas, y perverso” (Jeremías 17:9). Cuando una persona es limpiada en la sangre del Cordero se convierte en nueva criatura en Cristo y recibe un corazón nuevo; entonces, esa persona es “bienaventurada” a los ojos del Señor.

¿Pero cuándo es que estos bienaventurados “verán a Dios”? Para estar seguros, como muchos han escrito, en el cielo el creyente será como Él, porque, según 1 Juan 3:1-3, “seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. ¿Es esto lo que Jesús promete en esta bienaventuranza? No parece necesario repetir que todas estas promesas tienen una naturaleza inmediata, mientras Jesús está ofreciendo Su Reino Mesiánico de los Cielos. ¿Es esta “visión beatifica” una referencia única al cielo? ¿O va Dios a aparecerse visiblemente en un reino terrenal? ¿Por qué no permitirles a los profetas (a quienes el Señor les dio cumplimiento) que hablen por sí mismos?

Primero, en relación a la necesidad de tener un “limpio corazón”, el Salmo 24:3-10 habla sobre Jehová de los ejércitos, Rey de la Gloria, entrando en Jerusalén y que únicamente aquel que tiene “manos limpias y corazón puro” podrá subir al monte de Jehová. Luego, con respecto a la realidad de poder ver a Dios, Isaías 33:17, 20-22 nos dice así: “Tus ojos verán al Rey en su hermosura; verán la tierra que está lejos… Mira a Sion, ciudad de nuestras fiestas solemnes; tus ojos verán a Jerusalén, morada de quietud, tienda que no será desarmada, ni serán arrancadas sus estacas, ni ninguna de sus cuerdas será rota. Porque ciertamente allí será Jehová para con nosotros fuerte, lugar de ríos, de arroyos… Porque Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará”. Además, en Isaías 35:1-2, se nos dice, “Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la rosa. Florecerá profusamente, y también se alegrará y cantará con júbilo; la gloria del Líbano le será dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón. Ellos verán la gloria de Jehová, la hermosura del Dios nuestro”.

A menos de que todos estos lugares conocidos sean espiritualizados para que signifiquen otra cosa de lo que normalmente significan, la única posible conclusión es que este es el reino terrenal del Mesías, ¡y que lo visible de la gloria del Señor estará en Su Persona! Todo esto les fue presentado a los seguidores de Cristo como una oferta real y presente cuando Él presentó los principios de Su reino.

Mateo 5:9. “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

¿Quiénes son estos pacificadores y especialmente, cómo y cuándo hacen esta paz? Primero, debemos recordar que los profetas designaron al Mesías como el Príncipe de Paz en Isaías 9:6 y que Su reino será un reino de paz. “Los montes llevarán paz al pueblo, y los collados justicia… Florecerá en sus días justicia, y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna. Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra” (Salmo 72:3, 7-8). Esta misma clase de profecía aparece en Isaías 27:1, 4-5 y menciona que habrá quienes harán la paz junto con el Mesías: “En aquel día Jehová castigará con su espada dura, grande y fuerte al leviatán serpiente veloz, y al leviatán serpiente tortuosa… No hay enojo en mí. ¿Quién pondrá contra mí en batalla espinos y cardos? Yo los hollaré, los quemaré a una. ¿O forzará alguien mi fortaleza? Haga conmigo paz; sí, haga paz conmigo” (Isaías 27:1, 4-5). La conclusión es esta: El hacer la paz es parte de la responsabilidad de aquellos “bienaventurados” en el reino de los cielos que Jesús ofrece en Mateo 5.

Mientras que es entendible que el Apóstol Pablo le diga al Evangelio “el Evangelio de la Paz” en Romanos 10:15, porque Cristo hizo “la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20), de tal manera que “Él es nuestra paz(Efesios 2:14), ninguna de estas verdades forman parte del contexto aquí en Mateo 5:9.

El comentario que hace Alan McNeile sobre Mateo, nos brinda una buena observación a pesar de que él no es un dispensacionalista. Él dice, “en la era venidera una de las bendiciones del reino será la manifestación de los pacificadores como Sus hijos, porque ellos comparten Su naturaleza” (McNeile, Alan, El Evangelio según Mateo. Grand Rapids, Michigan: Baker Book House, 1980, pp. 52-53). A pesar de que su concepto del reino es el cielo nuevo y la tierra nueva, aun así, él es lo suficientemente sabio como para poder ver que esta pacificación no es algún intento de comprometer la verdad, y que es una manifestación específica de los hijos de Dios. Es de vital importancia observar que ellos no se convierten en hijos de Dios solamente por hacer la paz. Ellos son, sin embargo, manifestados como tales porque comparten la naturaleza de Dios. Cualquier interpretación que le permita a las obras humanas ser un medio para convertirse en hijos de Dios, está en oposición directa a la salvación como un regalo de la gracia por medio de la fe.

No debe de sorprendernos, pues, que Jesús haya incluido la pacificación como una de las características manifiestas de los “bienaventurados” en el ofrecimiento de Su reino que vendrá a la tierra “en el cumplimiento de los tiempos”.

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