En El Cumplimiento de los Tiempos/Parte 154

Por: Dr. Thomas O. Figart; ©1999

UN ESTUDIO SOBRE EL EVANGELIO DE MATEO

Las Últimas Siete Palabras de la Muchedumbre

1.- La Palabra de Identificación de Pilato. Juan 19:19-22

Juan 19:19.22: “Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS. Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos. Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito”

Cuando Pilato escribió estas palabras ciertamente su intención no fue para que fuera de ayuda alguna a la causa de Cristo; sino que sea como fuere, ese título servía para señalar la verdad de que el hombre colgando en la cruz ciertamente era Jesús de Nazaret, Aquel que afirmaba ser el Hijo de Dios, el Buen Pastor que daría Su vida por Sus ovejas. No podía haber ningún error; ¡este sufriente no era ningún impostor! Los tres idiomas en los que se escribió hicieron eso comprensible a todas las personas que pasaban.

Mientras que mostraba el menosprecio de Pilato hacia un rey judío, débil, ese título también reveló la mano anuladora de Dios en los provocadores mensajes de los hombres malos. Pilato respondió, “Lo que he escrito, he escrito,” pero él simplemente era un lápiz en los dedos de Dios. Los judíos exigieron, “No escribas…” pero Dios quería que el mundo supiera la verdad, así que la escritura permaneció.

Estas palabras son un recordatorio de otra escritura que estaba ahí, oculta a los ojos humanos, pero definitivamente en la cruz: “El acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Colosenses 2:14). Sí, era Jesús, “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24), ¡Quien fue tan claramente identificado por Pilato!

2.- La Palabra de Confirmación de los Soldados. Juan 19:23-24

Juan 19:23-24: “Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes. Y así lo hicieron los soldados”

El día de la crucifixión, después del juicio ante Pilato, los soldados le quitaron los vestidos a Cristo y le pusieron una túnica roja como la que usan los soldados. Luego lo coronaron con espinas y lo saludaban diciendo “¡Salve, Rey de los Judíos!” Para ellos eso era un acto de burla; ellos eran romanos y obedecían las órdenes de sus superiores; ellos no eran judíos despreciados; Él no era ningún rey para ellos.

Entonces sucedió que después que lo crucificaron, estos mismos soldados pronunciaron las palabras confirmando las Escrituras. Ciertamente nadie podía decir que esos hombres tenían algún conocimiento del Salmo 22:28 del que “citaron” esa frase, ni que estuvieran buscando el cumplimiento de las Escrituras por sus obras en la crucifixión. No, esto era ignorancia total de su parte, y de una manera completamente incontrolada los soldados siguieron lo que para ellos era el deseo de sus propias voluntades. ¡Sin embargo, ellos llevaron a cabo la profecía de la Palabra de Dios que había sido escrita mil años antes!

Su único propósito era lograr una ganancia como la que obtendrían de las vestiduras. Fue quizás su única paga para esa desagradable labor. Así que dividieron todo entre ellos excepto la túnica sin costura, sobre la cual echaron suertes. Eran indiferentes hacia los prisioneros, y el verdadero Dios no estaba en sus pensamientos, a pesar de que Su palabra estaba en sus labios. Una vez más, el Señor utilizó la furia del hombre para alabarlo a Él. ¡Cristo estaba vergonzosamente desnudo, y en la cruz fue hecho pecado por nosotros, para que nosotros pudiéramos ser revestidos con la justicia de Dios en Cristo!

3.- La Palabra de Mala Interpretación: De las Personas que Pasaban. Mateo 27:39-40

Mateo 27:39-40: “Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz.”

Con ocasión de la primera purificación del Templo Cristo pronunció esas palabras, pero no exactamente como estas personas lo hicieron; de hecho, esas personas torcieron Sus palabras para que lo opuesto se entendiera. Él no dijo que destruiría el Templo de ellos. Lo que Cristo había dicho tres años antes fue: “Destruyan este templo y en tres días lo levantaré” (Juan 2:19). Aún en ese entonces los judíos creyeron que Él estaba hablando del templo de ellos, y le recordaron que se requirieron 46 años para construirlo; ¿cómo esperaba Él levantarlo en tres días? Por supuesto, Jesús estaba hablando del templo de Su cuerpo, lo que significaba que ellos lo matarían y que Él se levantaría de los muertos después de tres días. Aun que resulte extraño, aparte de las acusaciones por blasfemia, esta fue la única acusación presentada en contra del Señor ante Caifás y el Sanedrín: “Y los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte, y no lo hallaron, aunque muchos testigos falsos se presentaban. Pero al fin vinieron dos testigos falsos, que dijeron: Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo” (Mateo 26:59-61).

Vale la pena mencionar que los discípulos estaban igualmente entorpecidos al escuchar a Jesús hablarles sobre eso. Juan agrega el recordatorio de que a pesar de que no entendieron Su declaración sino hasta después de Su resurrección, entonces fue que ellos recordaron y creyeron.

Desgraciadamente, los judíos no se dieron cuenta de la importancia de sus propias palabras las cuales estaban de manera correcta y exacta interpretando al destruir el templo de Su cuerpo. Pensando solamente en términos de la habilidad de reconstruir el Templo de piedra en tres días, lo dijeron en tantas palabras: “Si tienes este poder, ¿por qué estás colgando en la cruz? Si eres el Hijo de Dios, baja y sálvate tú mismo.” Habiendo mal interpretado una cosa, fracasaron en comprender la otra. Estaban por destruir Su cuerpo, por eso es que no podía bajar, porque Él solamente podía probar que era el Hijo de Dios cuando, en ese mismo cuerpo Él se levantaría de entre los muertos. Eso es debido a que por la resurrección de Cristo es que se aseguró la salvación.

4.- La Palabra de Rechazo: De los Gobernantes. Mateo 27:41-43

Mateo 27:41-43: “De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios.”

El rechazo de Cristo por el judaísmo oficial fue manifestado de tres maneras. Primero, ellos rehusaron creer en Su poder: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar.” Muchos de estos individuos deben de haber sido testigos de algunos de Sus milagros. Cuando Cristo hizo que el hombre ciego viera, los judíos intentaron desacreditar Su poder, pero la evidencia era muy abrumadora. Después que Lázaro salió del sepulcro y fue un testimonio al poder de dar vida de Jesús, muchos creyeron en Él y por eso los gobernantes se pusieron de acuerdo para matarlo. Pero ahora, al estar colgando en la cruz Él parecía tan débil, y en efecto ellos dijeron: “¡Te lo dijimos; tus así llamados milagros fueron unos trucos! ¡Si Él tuviera ese poder podría salvarse a sí mismo!”

Las palabras de ellos también indican el rechazo a Su programa: “Si Él es el Rey de Israel, que se baje de la cruz y creeremos.” Cristo ya había presentado Sus credenciales como Mesías/Rey. Cuando los dos discípulos de Juan el Bautista se acercaron a pedir una prueba, el Señor les dijo: “Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio” (Mateo 11:4-5). Esto no fue suficiente para los judíos puesto que seguían repitiendo: “¡Danos una señal; danos una señal!” El Señor les dijo que la única señal sería la del profeta Jonás, el cual estuvo tres días y tres noches en el vientre del gran pez. Así también estaría el Hijo del Hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra. Así es como Su programa se llevaría a cabo; más tarde Él retornaría como Mesías/Rey para cumplir con todas las esperanzas judías.

Finalmente, el rechazo de ellos y su incredulidad fueron dirigido en contra de Su Persona: “Él confiaba en Dios; que Él lo libere ahora; si Él lo salva; pues dijo, Yo soy el Hijo de Dios.” Si ellos hubiesen leído a Moisés y los profetas, seguramente habrían recordado lo que Dios dijo, “Hagamos al hombre a nuestra imagen” (Génesis 1:26); o cómo fue que Jacob luchó con el “varón” y luego confesó que había visto a Dios cara a cara (Génesis 32:24-30); o cómo Josué se postró sobre su rostro para adorar al “varón” que empuñaba la espada, “el Príncipe del ejército de Jehová.” (Josué 5:13-15); o cómo el Rey David habló acerca de un Rey superior cuando dijo en el Salmo 2:7, 12: “Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy… Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira,” y como profetizó Isaías: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.” (Isaías 9:6).

Todo esto y mucho más en sus propias Escrituras testificaron al hecho de que Dios tenía un Hijo; ¡pero ellos no escucharían! Ellos dijeron que creerían Sus palabras si se bajaba de la cruz, pero, como había sido predicho: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Lucas 16:31). Y entonces eso sucedió cuando Él se levantó de entre los muertos; y los judíos permanecieron en incredulidad.

5.- La Palabra de Decisión: De los Malhechores. Lucas 23:39-42

Lucas 23:39-42: “Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.”

En estos dos hombres se manifiestan las reacciones opuestas del corazón humano. Uno tomó las palabras de la muchedumbre y desafió a Cristo para que salvara a los tres que colgaban de las cruces. El registro sagrado no muestra ningún cambio en su actitud; la decisión fue tomada y él murió en incredulidad. El otro malhechor primero aparentemente expresó la misma arrogancia según Mateo 27:44, pero su propio testimonio revela cómo sus pensamientos cambiaron con respecto a Cristo. Primero él reconoció su propia culpa y la inocencia de Cristo. En un verdadero sentido él estaba experimentando Romanos 6:23: “Porque la paga del pecado es la muerte” puesto que él sabía que los dos merecían la muerte por sus crímenes, pero Aquel que estaba colgado en el centro de ellos no había hecho nada para merecer ese castigo. Segundo, él comprendió el Señorío de Cristo. Como Pablo declaró en 2 Corintios 12:3: “Ninguna persona puede decir que Jesús es Señor sino por el Espíritu Santo.” El Espíritu Santo evidentemente operó en el corazón de este malhechor, persuadiéndolo sobre la deidad de Cristo. Sólo se necesitó un paso más para aplicar eso a su propia necesidad, por eso él pidió ser recordado. Su fe era lo suficientemente grande para soportar la crucifixión y confiar en que Jesús cumpliría Su promesa: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.” ¡Una vez que la decisión fue tomada, llegó la respuesta, asegurándole un lugar con el Señor para siempre!

6.- La Palabra de Confusión: De Algunas Personas que estaban allí. Mateo 27:47, 49

Mateo 27:47, 49: “Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías llama éste… Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle.”

No se revela cómo eran estas personas; alguien ha hecho la observación de que su error en creer que el Señor había llamado a Elías indica que eran judíos. Jesús habló en hebreo o en arameo, que era la lengua común judía en esos días, y Su clamor fue lo suficientemente fuerte para que cualquier judío lo entendiera con claridad. Quienquiera que eran, mostraron algún conocimiento sobre el Elías del Antiguo Testamento. La expresión de Cristo a la que se referían es de Mateo 27:46: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactami?” o, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Esto fue el cumplimiento del Salmo 22:1 y habla de manera elocuente de esta misma experiencia cuando los pecados del mundo cayeron sobre el Señor Jesús. El Santo y Eterno Dios volvió Su espalda al Portador-del-pecado. Es extrañamente irónico que estas personas hubiesen estado confundidas acerca de este clamor particular del Salvador. En ese mismo momento Él estaba llevando la carga del pecado y proveyendo la salvación para el mundo, y ellos pensaron que ¡Él estaba llamando desesperadamente a Elías para que viniera a salvarlo!

7.- La Palabra de Reconocimiento: Del Centurión. Marcos 15:39

Marcos 15:39: “Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.”

Como su rango indica, el centurión estaba al frente de cien soldados. Es muy probable que un cuaterno de cuatro soldados fuera asignado a cada uno de los tres prisioneros. Los soldados restantes fueron asignados para mantener a la muchedumbre en orden. El centurión era el oficial del día, y por lo tanto fue testigo de todo lo que sucedió en la crucifixión. Su estimación final del Señor vino luego de la evidencia más convencedora de un testigo ocular.

Esta evidencia fue emitida por la actitud del Señor mientras colgaba de la cruz, como también de todo lo que ocurrió durante Sus juicios. Desde la Cruz, el centurión le escuchó pronunciar la palabra de perdón a quienes le crucificaron, la palabra de promesa al ladrón arrepentido, la palabra de provisión para Su madre terrenal, y el tremendo clamor de, “Dios mí, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?” Él vio a Jesús mirar hacia abajo y decir, “Tengo sed.” Él observó a Cristo cuando dijo, “Todo está consumado” para luego entregarle Su espíritu al Padre.

Dejen que los judíos digan lo que quieran durante los juicios; déjenlos que se burlen y ridiculicen; déjenlos que le acusen falsamente ante Pilato. Luego coloque todo esto a la par de la silenciosa perfección de nuestro Salvador mientras soportaba todas estas cosas sin reproche. Esta evidencia era más que suficiente para convencer al centurión de que Cristo era Aquel que Él afirmaba ser. Solamente podía haber una conclusión: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” y “En el cumplimiento de los tiempos” solamente habrá un destino para el centurión, y este es, ¡él estará con el Único por toda la eternidad!

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