Predicar El Evangelio A Los Catolico-Romanos Part 1

¿Predicar El EvangelioA Los Católico-Romanos?

Carlos Tomas Knott

¿Por qué evangelizar a los católico-romanos? Algunos conocidos líderes católicos y protestantes han firmado acuerdos de respeto mutuo, acordando reconocerse mutuamente como cristianos y no evangelizarse los unos a los otros. Entonces, algunos preguntan: ¿qué sentido tiene predicar el evangelio a los católicos, o mandar obreros a países católicos? En primer lugar, porque Dios no es uno de los que han firmado. Segundo, el catolicismo es romano, sí, pero no apostólico. Cuando abrimos la Sagrada Biblia y leemos lo que predicaron y enseñaron los santos apóstoles, observamos que esto no es lo que la iglesia católica dice, y además, hay dogmas de la iglesia católica que contradicen la doctrina apostólica. Tercero, porque Dios ama al pueblo católico, y nosotros también lo amamos. Nuestro conflicto no está con la gente, sino con el sistema que le controla y le priva de la libertad y la dicha espiritual que uno tiene en Cristo. Los católicos todavía necesitan el evangelio y necesitan ser salvados de sus pecados, y por eso todavía predicamos el evangelio. Cuarto, porque ellos necesitan a Jesucristo, no a la iglesia católica, para ser salvos. Todo lo que necesitamos está en Cristo Jesús, y no hay libro en la Biblia que mejor lo demuestre que la epístola a los Hebreos. En esta serie de artículos, consideraremos cinco cosas que Jesucristo es, así como el libro de Hebreos expone, y lo dichoso que es todo aquel que cree total y únicamente en el Señor Jesucristo para su salvación.

1. La Última Palabra De Dios

El escritor de Hebreos no pierde el tiempo, sino que en los primeros dos versículos empieza a establecer este punto fundamental, que Dios ha hablado y dado Su Palabra final a la raza humana, y lo ha hecho en y a través del Señor Jesucristo.

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (He. 1:1-2).

Previamente, “en otro tiempo”, que quiere decir en el Antiguo Testamento, Dios habló por medio de los profetas. Pero últimamente, “en estos postreros días”, Su Palabra vino más personalmente y con finalidad a través de Su Bendito Hijo. Los demás, incluso los más grandes como Moisés, eran siervos en la casa de Dios (ver He. 3:2), pero el Hijo es “sobre la casa” (He. 3:6), es dueño. El punto que Hebreos hace al decir esto es: escuchémosle atentamente, porque después de Él no habrá más que decir. Nadie vendrá tras Cristo y Sus apóstoles pretendiendo hablar de parte de Dios sin ser engañador, porque Dios ha hablado y ha dicho lo que tenía que decir. Jesucristo es Su mensaje y Su Mensajero final. Esto no excluye a los apóstoles y escritores inspirados del Nuevo Testamento, puesto que ellos convivieron con Cristo y fueron ordenados especialmente para cumplir la revelación de “toda verdad”. En S. Juan 16:13 el Señor Jesús les dijo: “Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir”. Les promete la venida del Espíritu Santo, quien a ellos les iba a guiar a toda la verdad. Atentos a esta palabra. No habrá más verdad para revelar después de la vida de aquellos hombres a los cuales el Señor Jesucristo hablaba. Hay mucho que desconocemos; pues sólo Dios lo sabe todo, pero no hay más verdad para revelar como Palabra de Dios, y esto es un problema no solamente para grupos como adventistas, musulmanes y mormones, sino para católicos también, porque la iglesia católica pretende que ella es profetisa, que tiene otra Palabra de Dios aparte de “toda la verdad” que fue revelada por el En cuanto a la sucesión apostólica, principalmente son Roma y los mormones quienes proclaman esta doctrina no bíblica, y en ambos casos es por la cuenta que les trae. Así pretenden hacer hueco para Espíritu a los apóstoles. ¿A quién creemos, a Cristo cuando dijo “toda la verdad”, o a la iglesia católica que dice que hay más y que ella la tiene?

Predicamos y evangelizamos a los católicos porque necesitan esta gloriosa verdad, que no hay más verdades o Palabras de Dios más allá de lo que hay en las Sagradas Escrituras. El Señor Jesucristo dijo: “Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en elas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (S. Juan 5:39).

Cuando los apóstoles escribieron y enseñaron la Palabra de Dios que es el Nuevo Testamento, ellos no estaban realmente añadiendo nada a la Palabra de Cristo. Recordemos que el Señor, en S. Mateo 28:19-20, les había mandado ir y hacer discípulos en todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…”. Los apóstoles no añadieron sus propias ideas al cristianismo. Ellos fueron enseñados fielmente por el Señor Jesucristo durante tres años, y luego guiados a toda la verdad por el Espíritu Santo. En S. Juan 16:14 Cristo les dijo acerca del Espíritu: “Él me glorificará; porque tomará de lo mío,  y os lo hará saber”. Así que la palabra de los apóstoles era la Palabra de Cristo, y es todo lo que Dios tenía que decirnos.

Volvamos a considerar el impacto práctico de esta gran verdad, que el Señor Jesucristo es la última Palabra de Dios. Esto quiere decir que no hay que presentar la sagrada tradición, otras revelaciones, ni encíclicas, ni concilios, ni escritos de los llamados “padres apostólicos”, ni nada más como Palabra de Dios. Dios ya ha hablado, por el Hijo, y nos aconseja así: “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos” (He. 2:1). ¡No confundamos la Palabra de Dios con las palabras de los hombres! Pero es esto mismo lo que las religiones, incluso la católica romana, han hecho. Insatisfechos con el evangelio y la sana y santa doctrina ya revelados, necesitan algo más para establecer y apoyar sus propias ideas, preferencias y tradiciones como si fuesen también aceptables. Los mormones tienen los escritos de José Smith, con los que miden y juzgan la Biblia. Los
musulmanes tienen el Corán. Los adventistas tienen los escritos de Elena White. Y así por el estilo. ¿Pero en qué es diferente la iglesia católica, puesto que ella comete este mismo error de no aceptar como final la Palabra de Dios que vino en y a través del Señor Jesucristo? Pero aunque un católico individualmente puede reconocer este error, la iglesia católica nunca lo hará, ni puede, porque en ello está su poder y su magisterio. Ella procura abrirse paso para sí, tras los apóstoles, proclamando un concepto que llama “sucesión apostólica” (Catecismo de la Iglesia Católica, pág. 29, Artículo 2, párrafo 77), alegando así apoyo bíblico que los apóstoles designaron sucesores “dejándoles su cargo en el magisterio”. No cita Escritura alguna, porque no hay ninguna que diga esto. Continúa:

“…la predicación apostólica, expresada de un modo especial en los libros sagrados, se ha de conservar por transmisión continua hasta el fin de los tiempos”.

¡Cuidado! No habla de conservar la Sagrada Biblia, sino lo que fue dicho pero no escrito por los apóstoles. Alega que hay mucho más que la mera Biblia, y esto “lo demás” lo sabe ella. En el párrafo siguiente (Nº 78) procede a decir:

“esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo es llamada la Tradición en cuanto distinta de la Sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella. Por ella, “la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree” (pág. 79).

as enseñanzas que quieren dar pero que no están en las Sagradas Escrituras. Sólo hay un versículo acerca de la sucesión apostólica, y no les favorece mucho. El apóstol Pablo dijo:

Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí  a los discípulos” (Hch. 20:29-30).

Amigos, no se puede nadar y guardar la ropa. O hay una Palabra de Dios o hay dos, y si dos, ¿por qué no tres, cuatro o más? Cristo habló finalmente y “es necesario que atendamos con más diligencia a las cosas que hemos oído” (no otra palabra o revelación). Los católicos necesitan saber que sólo hay una Palabra de Dios, las Sagradas Escrituras. Necesitan aprender a confiar plenamente en lo que la Biblia dice, y hallar su gozo y esperanza en “toda la verdad”, la cual el Espíritu Santo inspiró a los apóstoles a escribir. Con humildad y en amor afirmamos que necesitan aprender a rechazar todo lo que no enseña la Palabra de Dios, todo lo que no tiene “capítulo y versículo” como prueba de que es de Dios. Por ejemplo, ¿de dónde el rosario, o la letanía, o la liturgia del catolicismo, puesto que no está en la Biblia? La Biblia ni enseña ni autoriza estas cosas. ¿De dónde el sacerdocio católico romano, y toda la jerarquía de la iglesia romana, si no está en la Biblia? La Biblia enseña que todos los creyentes somos sacerdotes, y no reconoce a ninguna clase especial de sacerdotes con “órdenes santas”. ¿De dónde los sacramentos? ¿De dónde los templos católico romanos, todo el arte religioso y los tesoros, si la Biblia no dice nada de ellos sino dice que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? La Biblia dice acerca de Dios, que:

…no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si  necesitase de algo,; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hch. 17:24-25).

Y acerca de los tesoros, nuestro Señor Jesucristo dijo claramente: “no os hagáis tesoros en la tierra” (Mt. 6:19). Los apóstoles Pedro y Juan pudieron decir: “no tengo plata ni oro” (Hch. 3:6). Esto sí que es apostólico, pero la iglesia católica no lo puede decir.

Estas cosas y otras muchas como ellas fueron predicadas y practicadas por los santos apóstoles y los primeros cristianos, los cristianos apostólicos. Lo podemos leer y examinar en el Nuevo Testamento, no hace falta ningún otro documento para descubrirlo, porque el Nuevo Testamento de Nuestro Señor Jesucristo, que comienza con los Evangelios y termina con Apocalipsis, “La Revelación de Jesucristo”, es la última Palabra de Dios. En esta Palabra hallamos “toda la verdad” (S. Jn. 16:13). El apóstol S. Pedro dijo que: “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder,  mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia” (2 P. 1:3). No dijo que había más cosas, sino que a los creyentes en la edad de los apóstoles ya les habían sido dadas:“todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad”. A continuación Pedro dice: “por medio de las cuales nos ha dado [observa: “ha dado”, acción completada] preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas
llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina…” (v. 4). ¿Qué más necesitamos? El querido pueblo católico necesita saber y creer estas preciosas verdades, de modo que halle la salvación que Dios ofrece, y la verdadera sana doctrina apostólica, cual agua pura de manantial, ya no mezclada más con el barro de doctrinas y tradiciones de hombres. Estimado lector, te invito a aceptar las Sagradas Escrituras como la única Palabra de Dios. “Dios… en estos postreros días, nos ha hablado por el Hijo” (He. 1:2). “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos” (He. 2:1). Habla de lo que “hemos oído” (no esperaban nada nuevo ni ninguna añadidura). El En cuanto a la sucesión apostólica, principalmente son Roma y los mormones quienes proclaman esta doctrina no bíblica, y en ambos casos es por la cuenta que les trae. Así pretenden hacer hueco para peligro es deslizarse de la verdad, y esto es exactamente lo que ocurre cuando uno no atiende bien. El descuido ha condenado a más almas que el rechazo abierto. El escritor de Hebreos exhorta así:

Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron” (He.2:2-3).

La Palabra que Dios habló por el Hijo es palabra de salvación. En ella está todo el mensaje de salvación, y como S. Pedro escribió: “todo lo que pertenece a la vida y la piedad”. Es un gran primer paso cuando uno abandona las palabras y tradiciones de los hombres, y reconoce que todas estas cosas sólo le hacían descuidar una salvación tan grande. Estimado lector, te animo en nombre de Cristo a volver a la Palabra de Dios, firme y fiel, porque en ella hallarás todo el mensaje del amor de Dios y de la “salvación tan grande” que hay en Cristo Jesús.
Carlos Tomás Knott

Huesca, España
(continuará)

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