Que dobo hacer para ser salvo?

Carlos Tomas Knott; ©2002

Hay preguntas que son importantes, y las hay también que son triviales. Podemos hacer una pregunta cuya respuesta simplemente satisface nuestra curiosidad, y por otra parte, podemos hacer una pregunta de cuya respuesta depende nuestro futuro, nuestro bienestar, nuestra vida. Ésta última es la clase de pregunta que el carcelero en Filipos hizo al apóstol Pablo y a Silas: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?”

Él antes les había echado en el calabozo de más adentro (v. 24). Sabía que tenían heridas y que les habían azotado mucho. Les aseguró los pies en el cepo y allí los dejó, pero nunca había tenido presos como estos. No escuchaba de ellos insultos, blasfemias, quejas ni amenazas, como de los demás presos. Además, a medianoche estos dos oraban y cantaban himnos a Dios (v. 25), y se les escuchaba en la cárcel. Entonces, de repente vino un gran terremoto que sacudió los cimientos de la cárcel. El carcelero pensaba que todos sus presos se habían escapado, y sabía que esto sería una falta grave ante los romanos. Sacó su espada y estaba a punto de quitarse la vida (v. 27), cuando el apóstol Pablo clamó a gran voz, diciendo: “No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí” (v. 28). Y esto fue cuando aquel carcelero pidió luz, se precipitó adentro y se postró a los pies de Pablo y de Silas (v. 29). “Y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (v. 30). Es una de las preguntas más famosas en la Biblia. ¿Qué debo hacer para ser salvo? Me gustaría saber cómo la contestarías tú, querido lector, si hubieras estado allí en lugar de Pablo. He aquí un hombre que se da cuenta de que necesita ser salvo. Viene de madrugada, temblando, y te hace la pregunta. Ahora, ¿qué le vas a decir, cómo le vas a contestar?

Podemos dar gracias a Dios que estuvieron allí Pablo y Silas, y no unos ateos que le hubieran dicho: “¡Déjate de tonterías, Dios no existe, y además, eres más salvo que nosotros! ¿No te das cuenta que tú eres el carcelero y nosotros los presos?”

Gracias a Dios que aquella madrugada, esta pregunta tan importante no fue contestada por los de muchas religiones y filosofías. ¡Imaginemos qué respuestas hubieran dado los de las muchas religiones del mundo! He allí un pobre hombre, temblando, que había estado a punto de suicidarse, pero que ahora quería ser salvo. Tantas religiones, cada una con sus distintas enseñanzas , le hubieran llevado todavía más lejos de la verdad y de la salvación. ¡Quizá hubiera vuelto al intento de suicidarse, frustrado por tantas cosas que le dirían!

Observemos, cuidadosamente, que el apóstol no solamente no contestó como muchas religiones enseñan, sino que tampoco contestó como un sacerdote católico romano. Si se hace esta gran pregunta a la iglesia católico-romana, su respuesta es mucho más complicada que la del apóstol. Si el apóstol Pablo hubiera sido cura, habría dicho algo así:

“Bueno, hijo, me alegro de que hayas hecho esta pregunta. Bien. Veamos. Esto de la salvación es un poco complicado, de hecho es casi un misterio. Pero has hecho bien preguntando qué debes hacer, ¡porque hay mucho que hacer! Dios hace Su parte, claro, pero nosotros también debemos aportar algo, y es precisamente allí que la Iglesia puede ayudarte, porque realmente la salvación está en la iglesia católica-romana, en pertenecer a ella y hacer fielmente lo que ella dice. Así que, toma buena nota de lo que te voy a decir. Mejor sería apuntarlo porque si no, se te puede olvidar algo y si no lo cumples todo, no podrás ser salvo.
Primero hay que bautizarse, preferiblemente como infante. Como veo que en tu caso es tarde para esto, pues tendrás que proceder al bautismo de los adultos. Pero claro, antes de hacer esto, primero deberías tomar unas clases de preparación para entender ciertas cosas. ¿Qué te parece si empezamos mañana por la tarde y nos reunimos una hora cada noche durante dos semanas? Luego, si veo que entiendes y asimilas lo que te enseño, podrás bautizarte. Así que, no podrás ser salvo esta misma noche, no, no, no, la cosa no es tan fácil.
Y aunque llegaras a bautizarte de aquí a dos semanas, suponiendo que todo vaya bien, pues todavía no podrás decir “soy salvo”, porque esto sería ya el colmo de la presunción, ¡como si fueras un santo ya beatificado! El bautismo sólo quita el pecado original, y hay mucho más pecado que quitar. Así que, hay mucho más que hacer para ser salvo. Tendrás que confesarte, recibir la absolución, y luego tomar la eucaristía, porque así participarás en el sacrificio incruento, la muerte perpetua de Cristo. Sólo un sacerdote católico puede realizar el sacrificio de la misa, porque sólo él ha recibido el poder de cambiar la hostia en “Corpus Cristi”. Él hará el milagro, tú comerás a Cristo, y esto te infundirá gracia santificadora, la cual contribuye a tu salvación, haciéndote más aceptable delante de Dios. Y entonces, si murieras en este instante después de oír misa, pues quizá seas salvo e irás al cielo, pero si quedan algunos pecados pendientes, pues tendrás que ir primero al purgatorio para quitarte el resto del pecado y limpiarte para que puedas entrar en el cielo.
Pero si no mueres en el instante después de comulgarte, pues habrás de hacer más cosas para ser salvo. Tendrás que permanecer fiel a las enseñanzas de la Iglesia. Tendrás que ser bueno, no malo. No podrás cometer ningún pecado, porque si pecas, luego tendremos que ver si es un pecado mortal o venial. Si es mortal, estarás perdido otra vez y tendrás que pasar por el rito de contrición. De otro modo, si murieras, irías al infierno. Porque nadie puede decir nunca que TODOS sus pecados, pasados, presentes y futuros, han sido perdonados. ¡Esto no puede ser! Y si tu pecado fuera venial, bueno, no estarás perdido, pero tampoco serías exactamente salvo, porque entramos de nuevo en esto del purgatorio. Si murieras sin perdón, tendrías que ir allí. ¿Cuánto tiempo tendrás que estar allí? No sabemos. Es un misterio. Sólo Dios sabe.
Y en todo caso, antes de morir, acuérdate de esto si enfermas gravemente, que tienes que llamarme a toda prisa, para que venga y te haga el sacramento de extrema unción. Esto es para conseguir ya por última vez el perdón de cualquier pecado que te haya quedado pendiente, y prepararte así para ir, probablemente, al cielo. No sabemos. Sólo Dios sabe, pero Él es muy misericordioso, no te preocupes. Tú, ocúpate de hacer las cosas que te estoy enseñando, y espera que Dios tenga en cuenta tu sinceridad y tu fidelidad a la Iglesia, y que te salve.
Todo esto, y más, debes hacer si quieres ser salvo. Lo siento, pero no es posible ser salvo así de sencillo, esta misma noche. Hazme el favor de lavar nuestras heridas, y danos algo de comer, como acto de penitencia, y rezaremos por ti para que Dios te tenga piedad, y mañana comenzaremos nuestras clases para adultos. ¿De acuerdo?”

Pero Dios en Su soberanía y providencia había puesto allí a Pablo y Silas. No eran sacerdotes católico-romanos, porque el catolicismo romano no existía en aquel entonces. Eran creyentes llamados a servir a Dios. No tuvieron formación teológica en ningún seminario. No habían recibido ningún sacramento de “órdenes santas”. Pero conocían al Señor Jesucristo, la salvación, y el evangelio. Su respuesta fue sencilla, directa y acertada: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa” (vv. 31-32). Amigos, éste es el evangelio apostólico, y la respuesta a la gran pregunta que pende sobre cada uno de nosotros.

La salvación es algo sencillo, y que puede ser alcanzada en cuestión de momentos, aunque muchos por dureza, despiste, confusión o torpeza tardan años, y muchos nunca se salvan. ¿Cuál es tu propia condición espiritual en este momento? Podrías decir: “soy salvo” con toda confianza. Si no, tendrás que decir: “estoy perdido”. No vale como respuesta el decir “estoy en ello”, porque la salvación no es por obras, ni por practicar una religión. Atiende a las palabras del apóstol, al evangelio apostólico: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

Porque la salvación no es por obras, el apóstol dijo aquella noche al carcelero: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”. No le dio ninguna lista de cosas qué hacer. No tenía que bautizarse primero. No tenía que ir a confesión. No tenía que participar de la Eucaristía. No tenía que hacer buenas obras, actos de penitencia, limosnas, ni nada. Tenía que creer, que es la única cosa que podemos hacer, y cuando la hayamos hecho, ¡no hemos hecho ninguna obra! Las religiones de los hombres dicen: “hay que hacer…” y después enseñan las cosas que debes hacer. En este sentido el catolicismo romano no es distinto a ninguna otra religión inventada por los hombres, porque aunque los detalles de sus prácticas sean distintos, el hecho es que ella enseña que la salvación es por obras, como todas las demás religiones. Cuando ella usa la frase “por la gracia”, quiere decir que tienes que HACER cosas para obtener gracia de Dios, tienes que ganar o merecer la gracia por medio de obras, por ejemplo, la participación en los sacramentos.

Pero el evangelio verdadero, apostólico, nos llama a creer, esto es, confiar en el Señor Jesucristo para ser salvo. Y la promesa queda claramente registrada sobre las páginas de las Sagradas Escrituras: “y serás salvo”. El evangelio pone la salvación a nuestro alcance, mediante la fe en el Señor Jesús.

Si no has entendido así el evangelio, entonces estás equivocado y perdido, aunque quizá seas muy religioso. Dios ha puesto la salvación delante de ti. Puedes ser salvo hoy msimo. El Señor Jesucristo ha hecho toda la obra necesaria para salvarte. En la cruz, antes de expirar, Él gritó: “¡Consumado es!” Piensa en el sentido de Sus palabras. Declaró “consumado”, no “comenzado”. No te dejó nada que hacer, excepto confiar. Jesucristo sufrió la muerte de cruz como tu sustituto. Pagó lo que la ley de Dios demanda por el pecado: “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). No hay purgatorio, porque Cristo lo pagó todo en la cruz. Y si te arrepientes de tus pecados y aun de tu falsa religión y confías en Él, serás salvo. Aquella noche en Filipos, el carcelero creó y fue salvo. Podía haber cantado este himno:

Yo tengo un himno de loor, desde que salvo soy,

Para mi Rey, mi Salvador, desde que salvo soy.

Yo soy de Cristo, y mi ansiedad, desde que salvo soy,
Está en cumplir Su voluntad, desde que salvo soy.

Yo tengo un gozo que Él me dio, desde que salvo soy.,

Cuando en Su sangre me lavó, desde que salvo soy.

Tengo un hogar adonde iré, desde que salvo soy,
Y allí seguro viviré, desde que salvo soy.

Coro:

Desde que salvo soy; desde que salvo soy, sólo en Él me gloriaré.
Desde que salvo soy, en mi Salvador me gloriaré.

Amigo, ¿puedes tú cantar así? La salvación está a tu alcance. Puedes seguir practicando tu religión o filosofía, viviendo en la incertidumbre, o puedes dejar todo eso, creer en el Señor Jesucristo, ser salvo. Ahora sabes la respuesta a la gran pregunta, “¿Qué debo hacer para ser salvo?”. Pero queda una pregunta más, y es ésta: ¿Cuál es tu respuesta al Salvador que te llama y te quiere salvar ahora mismo? Espero que hoy, sin más demora, harás tuyas las palabras de aquel himno.

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