Tengo Lo Mejor, Porque Tengo Al Señor

Cuando el Señor Jesucristo dijo a aquel hombre: “cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo” (S. Lucas 8:39), enfatizaba lo importante que es el testimonio personal. ¿Qué realmente había sucedido en la vida de aquella persona? Nadie como ella para contarlo. Por esta razón considero importante que escuchemos el testimonio de una mujer criada católica romana, que estaba viviendo una vida normal y no estaba en ninguna crisis ni apuro. Un día escuchó el testimonio de un hombre cuya vida Cristo había cambiado. Escuchemos de ella lo que sucedió:

“Me llamo Pili, estoy casada y tengo cuatro hijos. Quisiera relatar cómo fue que conocí el Evangelio y mi posterior conversión a Cristo.Me crié dentro de una familia católica-romana, en la que teníamos bastante relación con religiosos, porque mi abuela era la portera de un convento de clarisas, dónde aún continúan mis tíos. Fui bautizada de bebé como católica, realicé la primera comunión y asistí a las clases de catequesis para ello y para la confirmación sin entender su significado. Para entonces empecé a dudar de que esta religión fuera la verdadera, aunque yo creía en el Dios de la Biblia, en Jesucristo y el infierno, pero tenía muchas dudas. Me preguntaba cosas como el porqué había una clase especial de hombres que podían perdonar pecados, y sobre las imágenes de santos, y el pedirles favores a ellas y no a Dios. No creía que ellas pudieran ayudarme, así que dejé de ir a la confesión y de rezar a otro que no fuera Dios mismo. Tenía inquietudes espirituales pero nunca lo dije a nadie, no creía que nadie pudiera ayudarme. Había aprendido en la iglesia católica la frase: “Jesucristo vino a morir al mundo para salvar a los pecadores”, pero nunca entendí su significado y nunca tuve la seguridad de ser salva. Algo faltaba, nos pedían cumplir los diez mandamientos, ir a misa, confesar, buenas obras… no sabiendo nunca si habías hecho lo suficiente para ganar el cielo. Empecé a despreocuparme y decidí vivir la vida como cualquier otra persona, sin preocuparme por la eternidad. No obstante, seguía manteniendo una fachada de católica por la presión social que tenía que soportar, desde el colegio donde estudiaba, hasta en el ambiente familiar, una presión por guardar las apariencias, que me hacía sentir bajo servidumbre. Por ejemplo la profesora del colegio, el lunes, nos preguntaba si habíamos asistido a misa el domingo. Para asegurarse de que no la engañábamos nos preguntaba por el color de la vestidura del sacerdote (cada domingo se usa un color), o nos preguntaba acerca de la lectura del Evangelio, si no lo sabíamos, había represalias.
He de decir que yo no buscaba a Dios ni había temor de Dios en mi vida, como su Palabra dice en Romanos 3:10-12,18, “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno…. No hay temor de Dios delante de sus ojos”.

Buscaba hacer lo que me apetecía, cosas como salir a divertirme a los bares hasta la madrugada, ir de fiestas y baile, y empecé a salir con un chico cuando iba al instituto. En esta temporada, varios jóvenes que yo conocía murieron, algunos por accidente y otros por enfermedad, ahora empezaba a tener mucho más miedo a la muerte y que también a mí podía tocarme, pues hasta entonces pensaba que no me podía alcanzar a mí. Pensaba que con las cosas malas que hacía, si moría iría al infierno, por ello, empecé a rezar un Padre nuestro cada noche estando en mi cama, y auto-engañándome pensando que si moría esa noche, Dios me perdonaría e iría al cielo… pero despertaba y mi vida seguía siendo la misma, sin poder para dejar de hacer lo que hacía y arreglar mis cuentas con Dios, cosa que tampoco sabía cómo hacer. En mi ciudad, conocía a un grupo de cristianos que no eran católicos, eran familias que se llamaban únicamente cristianos y se reunían en un local muy sencillo y usaban mucho la Biblia. Yo admiraba a estas personas tenían algo que los católicos no teníamos; era paz, gozo y seguridad, algo que yo anhelaba, pero no quería escucharles, en el fondo no estaba dispuesta a vivir esa vida, me gustaba lo que hacía y pensaba que era lo normal, lo que todos hacen aun a pesar de no ser felices. (Ahora sé que sin Dios queda un vacío en la vida que nada ni nadie puede llenarlo). Un día vino a mi casa un creyente y empezó a contarnos cómo era su vida antes de conocer a Jesucristo. Su testimonio me impactó mucho, pues él había sido un delincuente en su país y había hecho cosas muy malas, y yo sin embargo creía que no era tan mala y lo mío no eran pecados tan graves. Aun así me veía pecadora condenada y como no sabía cómo ser salva, le dije que yo iría al infierno y ya está, ¿qué más podía hacer? La frase que desde niña había oído: “que Jesucristo murió por nuestros pecados”, no me ayudaba mucho. Hablar con este hombre no me dejó tranquila, no podía pensar en esos días en otra cosa que en el Señor Jesucristo y en la eternidad, estaba muy molesta y no quería volver a hablar con él. Yo sé que era el Espíritu Santo que estaba hablando a mi vida, convenciéndome de mi pecado, ese pecado que aunque yo creía que no era tan grave, igualmente me condenaba al infierno, yo no era justa ante Dios. Todo en esos días me hablaba de la importancia de escuchar a Dios, en el instituto, recuerdo cómo unas compañeras hacían un trabajo sobre los milagros de Jesús, como algo sin importancia, y me llegó a molestar. Volví a ver a este cristiano y me abrió las Escrituras para enseñarme lo que Dios dice, nunca antes nadie en la religión católica lo había hecho, siempre nos enseñaban otros libros y doctrinas de hombres, ritos, ceremonias, obras, misas… pero nunca me explicaron el Evangelio y cómo tener salvación y perdón de pecados. Leí du rante esos días en el Evangelio de S. Juan en el capítulo 3, y allí el Señor Jesucristo, dice que para entrar en el Reino de los cielos es necesario nacer de nuevo. Yo no entendía esto, seguía leyendo y Dios me enseñó en su Palabra en este mismo capítulo, que por medio de Jesucristo creyendo sólo en Él y su obra en la cruz a mi favor, no estaría perdida sino que tendría vida eterna, Él vino para salvarme y no para condenarme; Él hizo una obra perfecta en la cruz y completa, yo no tenía que hacer nada más que creer en su obra y dejando mi pecado atrás, tomar la nueva vida que Cristo me ofrecía. Salvación por su obra consumada, como Él mismo exclamó en la cruz: ¡Consumado es! Ningún otro hombre o religión podía hacer esto por mí. Empecé a ver a Cristo como una persona real y viva, no alguien inaccesible, estaba muy cerca y Él fue quien vino a buscarme y a salvarme como promete en Su Palabra. Sólo Cristo podía perdonarme, su obra y no las mías, como dice Tito 3:4-7, “Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna”.

Confesé mis pecados a Cristo y acepté su obra perfecta y vicaria a mi favor confiando que era lo único que podía salvarme y perdonarme. Y en ese mismo momento, experimenté un gozo y una paz que nunca antes había tenido, la seguridad de haber sido perdonada y aceptada por Dios Padre por medio de su Hijo el Señor Jesucristo. Soy feliz ahora con Cristo, desde aquél día, hace años, que tuve el encuentro personal con Él a los pies de la cruz. Él es fiel, no me ha fallado nunca y sé que me espera y ha ido a preparar lugar para mí, para que esté toda la eternidad con Él. ¡Le estoy esperando, como ha prometido! Y puedo decir como el apóstol S. Pablo: “…porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (1 Timoteo 1:12).

¿Qué sucedió después de esto? ¿Qué pasó en mi vida, y cómo reaccionaron mi familia y mis amigos? Unas pruebas duras me esperaban. Es triste decirlo, pero yo creo que España no es tan liberal ni tolerante como profesa ser. En el fondo, el español típico se deja esclavizar por el “qué dirán”, y ante esto se acobarda muchas veces. El fantasma de la Inquisición todavía sigue vivo en la sociedad española, porque hay un temor y rechazo grande contra todo lo que no es Católico. La superstición y el miedo, de forma que mi querida familia cree que cualquier otra creencia que no es la católica, es una secta. ¿Qué les hace pensar así? No poco culpables son los medios de comunicación en España, todavía muy afectados por los poderes católicos, que presentan un sin fin de programas que tocan alarma acerca de las sectas, con el mensaje de que no hay que salir de la “Iglesia” (Católica, por supuesto). Esto da miedo y mete prejuicios ilógicos en la cabeza de mucha gente, de modo que ni siquiera está dispuesta a preguntar y aprender.

Pero la verdad es que Jesucristo había cambiado mi vida y mi corazón. Yo era una persona nueva con una forma diferente de ver la vida y con motivaciones muy distintas. Quería obedecer al Señor con el primer mandamiento que Él pide, dar testimonio por medio del bautismo. Cuando yo había hablado con mis padres de lo que había pasado en mi vida, de cómo había conocido a Cristo y ahora era salva, y que había dejado de ser católica e iba a reunirme con cristianos y leer la Biblia, se enfadaron mucho, yo ya no tenía interés por las cosas de antes, como dice la Escritura: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co. 5:17). Querían que siguiera siendo como antes, pero la antigua Pili había muerto y ahora vivía la vida que Cristo me había dado. El día que iba a dar testimonio con el bautismo, ellos quisieron impedirlo y me encerraron en mi casa bajo llave para que no pudiera salir y obedecer así al Señor. Era un domingo y me obligaron a ver misa televisada. A la noche cuando llegó mi padre, hablamos y mi madre me decía que tenía que elegir, o quedarme con ellos y su religión o seguir lo que yo ya había dicho, a Jesús, y el reunirme con los cristianos, pero que si decidía esto, debía irme de casa. Con tristeza pero con decisión les dije que yo había creído en Jesucristo como mi Señor y Salvador y que me quedaba con Él, si eso significaba que debía salir de casa, que tendría que irme. Y ellos me dijeron que así lo hiciera. Me recogió una familia de cristianos y ha sido una nueva familia para mí, pero la situación con mi familia se fue agravando. A causa de mi fe acabé perdiendo el trabajo que tenía cuidando a unas niñas.

Todos los que me conocían y eran los más cercanos a mí, sentían vergüenza de que me hubiera “cambiado de religión”, era vergonzoso para mi familia y aun para algunas de mis mejores amigas, que también me abandonaron. Más de una vez mi madre con algunos de mis hermanos (somos 8 hermanos) venían a la puerta del local de la iglesia donde los creyentes nos reuníamos, y se oponían con violencia, tratando de armar un escándalo, incluso acusando que los cristianos le habían robado la hija, cosa rotundamente falsa. Se molestaban cuando les abría la Biblia para explicarles lo que yo creía, me decían que dejara el Libro y que les hablara de mí sin citar nada de él, pero no podía dejar de hacerlo porque no tenía otras razones.

Mi madre fue también a hablar con un sacerdote jesuita, y le explicó de mí. Este hombre ya nos conocía porque había estado en nuestro local de reuniones en alguna ocasión y había leído la literatura que nosotros repartíamos. Le dijo a mi madre que me llevara allí a su despacho y que me iba a hablar para convencerme de que estaba equivocada; pero él ya tuvo la oportunidad de buscarme si buscaba realmente mi bien, y no tenía porque hacerme una “encerrona” así que me negué a ir, y nunca más se preocupó por mi “bien espiritual” en el sentido de buscarme para hacerme volver a lo que él creía que era la verdad.

No hay gozo, ni paz en sus vidas porque no tienen a Cristo y deseo que tanto ellos como otros muchos católicos que conozco, tengan el ferviente deseo de buscar la verdad en las Escrituras porque como el mismo Señor Jesucristo dice, ellas son las que dan testimonio de Él y en ellas está la vida eterna. Tengo gozo, porque sé, entiendo y creo lo que el Señor Jesucristo dijo: ‘¡Consumado es!’ ” Damos gracias a Pili por su testimonio, y también gracias a Dios por lo que Él ha hecho en su vida. El cambio que Jesucristo obró en la vida de Pili es real, permanente y positivo, como ella misma cuenta. Su testimonio es un llamado claro a todos los que se han acomodado en la religión de su familia y cultura, “la nuestra, la de siempre”, como suelen decir. Cristo llama a cada ser humano a conocerle, a arrepentirse de su pecado y confiar personalmente en Él, puesto que sólo en Él hay salvación. Ninguna iglesia puede salvarte, querido lector. Sólo Jesucristo salva. Una vez más te invitamos a dejar la religión y la tradición, para entrar en la salvación y vida eterna en Cristo Jesús.
Carlos Tomás Knott

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