Elijah

El Profeta Elías

“Y, si quieren aceptar mi palabra, Juan es el Elías que había de venir” (Mateo 11:14).

La nación de Israel tenía grandes problemas. No había llovido en muchos años, todas las cosechas se habían echado a perder y había una gran hambruna en toda la tierra. Fue en este contexto que Dios envió la palabra a su profeta Elías: “Ve y preséntate ante Acab, que voy a enviar lluvia sobre la tierra” (1 Reyes 18:1). Ahora, lo que debes entender es que Jezabel, la esposa de Acab, había estado matando sistemáticamente a todos los profetas de Dios a medida que los encontraba. ¡Este no era un buen momento para llamar la atención! 

Pero hizo lo que Dios le pedía y solicitó una audiencia con el rey. Acab recibió a Elías con la pregunta: “¿Eres tú el que le está creando problemas a Israel?” (v. 17). Elías se apresuró a señalar: “No soy yo quien le está creando problemas a Israel…Quienes se los crean son tú y tu familia, porque han abandonado los mandamientos del Señor y se han ido tras los baales” (v. 18).

Así que Elías organizó un duelo. Pidió a Acab que trajera 450 profetas de Baal y 400 profetas de Asera (una diosa cananea). Se reuniría con ellos y los obligaría a tomar una decisión: “¿Hasta cuándo van a seguir indecisos? Si el Dios verdadero es el Señor, deben seguirlo; pero, si es Baal, síganlo a él” (v. 21).

Lo que siguió es una de las contiendas más extrañas de toda la Biblia: ¡Un profeta de Dios contra 950 profetas de Baal y Asera! Siguiendo las instrucciones de Elías, se eligieron dos toros. Cada bando debía preparar un altar, añadir leña y luego el toro. Entonces Elías explicó las reglas del concurso: “Entonces invocarán ellos el nombre de su dios, y yo invocaré el nombre del Señor. ¡El que responda con fuego, ese es el Dios verdadero!” (v. 24).

Los profetas de Baal fueron los primeros. Cargaron la leña y el toro, luego “invocaron el nombre de su dios desde la mañana hasta el mediodía. ‘¡Baal, respóndenos!’ gritaban, mientras daban brincos alrededor del altar que habían hecho. Pero no se escuchó nada, pues nadie respondió”. Elías no puede contenerse:

“Al mediodía Elías comenzó a burlarse de ellos: ‘¡Griten más fuerte!’ les decía. ‘Seguro que es un dios, pero tal vez esté meditando, o esté ocupado o de viaje. ¡A lo mejor se ha quedado dormido y hay que despertarlo!’ Comenzaron entonces a gritar más fuerte y, como era su costumbre, se cortaron con cuchillos y dagas hasta quedar bañados en sangre. Pasó el mediodía, y siguieron en este trance profético hasta la hora del sacrificio vespertino. Pero no se escuchó nada, pues nadie respondió ni prestó atención”. (vv. 27-29)

Ahora le tocaba a Elías. No empezó construyendo un altar nuevo, sino reparando uno ya existente, que probablemente había caído en desuso cuando el pueblo se volvió hacia Baal y otros dioses. Este altar constaba de doce piedras, una por cada tribu de Israel. Luego cavó una zanja alrededor del altar. Ahora, recuerda que no había llovido en Israel durante varios años. El agua era un bien muy escaso y preciado. Pero Elías ordenó al pueblo que llenara cuatro grandes tinajas con agua y la vertiera sobre el altar, empapando la madera y el toro. Lo hicieron tres veces. Seguramente ya no había ninguna posibilidad de que la madera se incendiara. Se estaba saboteando a sí mismo.

Pero a Elías no le preocupaba:

“A la hora del sacrificio vespertino, el profeta Elías dio un paso adelante y oró así: ‘Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que todos sepan hoy que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo y he hecho todo esto en obediencia a tu palabra. ¡Respóndeme, Señor, respóndeme, para que esta gente reconozca que tú, Señor, eres Dios, y que estás convirtiéndoles el corazón a ti!’ 

En ese momento cayó el fuego del Señor y quemó el holocausto, la leña, las piedras y el suelo, y hasta lamió el agua de la zanja. Cuando vieron esto, todos se postraron y exclamaron: ‘¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!'”

¿Qué quiere decir Jesús?

Hay quienes afirman que Juan el Bautista era una reencarnación de Elías. Eso no es cierto por varias razones, pero Elías y Juan compartían un objetivo común. A ambos Dios les encargó que llamaran a la gente a volver a Él.

La contienda de Elías permitió a Dios demostrar con bastante eficacia que sólo Él era el Dios verdadero. La gente no podía dejar de ver que el fuego que Él enviaba destruía no sólo el toro, no sólo la madera, sino que incluso destruía las piedras del altar, la tierra que lo rodeaba y vaporizaba toda el agua de la zanja. No es de extrañar que respondieran como lo hicieron: “¡El Señor es Dios!”

Juan el Bautista llamó la atención de la gente y dijo “¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29).

Jesús mismo se convertiría en el sacrificio. Sería colocado en la cruz, donde caería sobre Él toda la ira de Dios contra el pecado. En ese momento Él destruyo el poder del pecado, y abrió el camino para que nosotros viniéramos a Él. Lo hizo porque:

“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de Él. El que cree en Él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios”. (Juan 3:16-18)

Juan el Bautista nos propone el mismo reto que Elías lanzó a los israelitas: “Si el Dios verdadero es el Señor, deben seguirlo; pero, si es Baal, síganlo a él” (1 Reyes 18:21).

¿A cuál elegirás? ¿A quién creerás?

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